¿Cómo dejar de gritarles a los niños?

Gritarles a los niños puede influir en su autoestima y su seguridad. Por esto debemos pararnos y respirar hondo antes de descargar nuestras frustraciones contra ellos, que no tienen culpa alguna.
¿Cómo dejar de gritarles a los niños?
Bernardo Peña

Revisado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña.

Última actualización: 05 abril, 2022

¿No puedes dejar de gritarles a los niños? Los padres, en ocasiones, debido a nuestras responsabilidades y ocupaciones, terminamos perdiendo el control con los más pequeños del hogar. Sin embargo, ellos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.

Gritarles a los niños puede provocarles una baja autoestima o, por el contrario, que terminen siempre poniéndose a la defensiva. Ellos aprenderán a actuar de la misma manera, lo que derivará en una enseñanza negativa: que no sepan escuchar. Tal y como evidencia este estudio publicado en la Revista Iberoamericana de Educación, tenemos que ser el modelo a seguir del niño.

Así pues, ¿cómo podemos dejar de gritarles? A continuación, presentamos algunas claves para lograrlo. ¡Toma nota de todas ellas!

¿Cómo dejar de gritarles a los niños?

Gritarles a los niños no es algo bueno.
A veces, como padres es difícil controlar nuestras emociones.

1. Descubre las situaciones en las que pierdes el control

Lo primero que debemos hacer para evitar gritarles a los niños es reconocer que tenemos un problema de control. Si no asumimos esto desde un primer momento, no podremos solucionar nada.

A veces, no queremos ver la realidad de las cosas; sin embargo, las consecuencias de nuestros actos no impactan en nosotros, sino en esas pequeñas personitas que no tienen la culpa de que las situaciones se nos vayan de las manos.

El primer paso es analizar todas aquellas ocasiones en las que hemos perdido el control y les hemos gritado a nuestros hijos. Esto nos permitirá ver cuál es el patrón que se cumple. Por ejemplo, puede que siempre les gritemos cuando acabamos de venir de trabajar o tras una discusión con nuestra pareja.

Ser conscientes de esto no solo nos ayudará a controlarnos más, sino también a resolver esa situación que provoca en nosotros tal estado de irascibilidad. De esta forma, podremos beneficiarnos nosotros también de este aprendizaje.

Ante todo, no tenemos que culparnos, ya que es algo normal perder los estribos tras una sesión intensa de trabajo estresante o después de una discusión en la que las emociones están a flor de piel. Estamos a tiempo de resolver esto y de actuar mejor, así que, ¡vamos allá!

2. Cuidado con las expectativas

Las expectativas siempre nos juegan una mala pasada, sobre todo cuando esperamos que los demás actúen tal y como nosotros pensamos que deberían actuar.

Esta es una situación habitual que sucede con los hijos. Para empezar, porque damos por supuesto que hay muchas cosas que deberían de saber. Sin embargo, no es así.

Por ejemplo, si nuestro hijo tira un vaso al suelo porque quería experimentar qué pasaría y no sabía que eso era malo, nosotros podemos gritarle echándole la bronca por algo que él solo desconocía.

Los niños aún no saben muchas de las normas por las que se rige este mundo y, muchas veces, las aprenden a base de gritos. Esto, en ocasiones, puede provocar un efecto devastador, como que se repriman, que tengan inseguridades y mucho miedo.

Asimismo, se cree que al gritarles a los niños los padres van a poder solucionar los problemas que hayan causado. Sin embargo, tal y como evidencia esta investigación publicada en la revista Child Development, los gritos de los padres hacia sus hijos empeoran el comportamiento de los pequeños.

3. Pensar antes de actuar

Gritarles a los niños puede provocar problemas a futuro
¡Es mejor hablar antes que gritar!

Pensemos antes de actuar. Es necesario que nos tomemos un tiempo para reflexionar antes de saltar a la mínima. Debemos traer más calma, paz y serenidad a nuestra vida. Nuestras expectativas nos impiden ver la verdadera realidad de lo que ocurre y provoca que seamos injustos con los más pequeños del hogar.

Como ya hemos mencionado, es necesario no actuar así de golpe ante una situación que nos está provocando sensaciones que nos instan a explotar y saltar de forma inesperada y agresiva.

Es mejor tomarse un momento. Salir de la habitación donde esté el niño, si es necesario, tomar un poco de aire, respirar, calmarse y observar la situación desde otra perspectiva.

Cuando las emociones nos invaden, no razonamos ni pensamos. Tan solo sentimos, vociferamos y nos expresamos sin control alguno sobre lo que estamos haciendo o diciendo.

Si nos damos un tiempo, descubriremos muchas cosas de las que no éramos conscientes. Por ejemplo, que teníamos expectativas elevadas, que nuestro hijo no sabía que no podía hacer esto o aquello o que nuestro enfado no lo ha provocado esta situación, sino otra que se ha dado previamente.

4. Norma familiar: no gritar

Cuando nos planteamos propósitos y los hacemos públicos, se establece un espacio que actúa sobre las decisiones y de alguna manera las permea. Es decir, nos conmina a pensarlo dos veces antes de hacer algo que sabemos no está en la lista de las cosas permitidas.

Por ejemplo, si ha sido acordado que al terminar de jugar se llevan los juguetes a su caja, que un juguete te haga tropezar generará al infractor un señalamiento sutil y tácito que abrirá una puerta legítima para la reprensión.

5. ¡Son niños, paciencia!

Es parte de la naturaleza de los niños la espontaneidad, la inquietud, cierta irresponsabilidad que los padres y adultos cuidadores necesitan encauzar. Toda esa energía es su manera de situarse en el mundo, de conocerlo y adaptarlo a sus necesidades.

Pero claro está, a veces esa energía tiende a salirse de control, por lo que se hace necesario buscar afluentes, canales para redirigirla. Le toca a los padres orientarla para que no se generen represas que se desborden.

6. No atices el fuego

Las cosas no están bien en el trabajo y la deudas agobian; piénsalo antes de llegar a casa con los problemas a cuestas. Alterarte, sumando mal humor a la base anímica que ya traías, te llevaría a un túnel en el que se agolpa el grito. Este lo dirigirás al que supónemos el elemento más débil del hogar y muy probablemente por cualquier cosa, muchas veces sin mayor importancia vista desde la calma y la reflexión.

7. Ponte en su lugar

Antes de cualquier conducta irracional bien vale la pena el acto más racional de todos: ponerse en el lugar del otro. Sea un niño o tu pareja, o cualquier persona que en la interacción genera alguna forma de desequilibrio emocional, actuar con empatía hará que el grito no esté en la lista de opciones.

La empatía es parte sustancial del respeto, del reconocimiento del otro. El niño está en formación y en crecimiento. Está ajustando sus demandas a una realidad demasiado hecha a la medida de los adultos. Considera esto antes de irrumpir con un grito para imponer tu superioridad, que con el grito quedará reducida a simple fuerza bruta.

Mejor no grites

  1. Gritar no garantiza que serás escuchado, muy al contrario. El grito obnubila y enceguece, nubla la razón. Su energía negativa crea una barrera que las palabras estruendosas no logran penetrar.
  2. Los gritos se emplean irracionalmente para intimidar o aterrorizar, no para corregir ni mucho menos para educar. Responden a una pésima gestión de las emociones.
  3. Cuando gritamos los niños se distancian. Sus razones y emociones se ubicarán más allá de un abismo que en el momento de la crisis parecerá insondable.
  4. El grito es un mecanismo de encubrimiento y una manera, la más errada, de manifestar una frustración. Quien grita se siente débil y por problemas que entrañan baja autoestima necesita imponer su voluntad a gritos por encima de cualquier razón.
  5. El grito es la negación de la razón y el entendimiento. Queda suspendido el diálogo y la posibilidad cierta de resolver los conflictos. Los gritos retrasan la solución y cuando pasan a mayores, la relegan a zonas de las que resulta muy difícil volver.

Con fuerza de voluntad, dejaremos de gritarles a los niños

Gritarles a los niños es una forma bastante negativa de dar ejemplo y que, si nos proponemos, podemos solucionar sin ningún problema. Tan solo necesitamos fuerza de voluntad y ganas de cambiar esta actitud que puede ocasionar graves consecuencias para los más pequeños.

Ellos no tienen culpa alguna de todos los problemas que nos abordan en nuestro día a día. Y tú, ¿a qué esperas para empezar el cambio?

Te podría interesar...
6 señales de la carencia afectiva en los niños
Mejor con Salud
Leerlo en Mejor con Salud
6 señales de la carencia afectiva en los niños

Como madre, debes evitar la carencia afectiva en los niños. Demuéstrales cuánto los amas. Lee el artículo y aprende a ser más comprensiva.