La autoexigencia no te lleva a la excelencia

Raquel Lemos Rodríguez·
25 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña al
17 Febrero, 2019
Con un nivel de autoexigencia demasiado elevado se corre el riesgo de frustrarse ante las metas no alcanzadas. ¿Cómo manejar los propios límites?

La autoexigencia es un estímulo positivo en la mayoría de las ocasiones. No obstante, cuando esta se convierte en una obsesión y genera más preocupaciones que alegrías, tal vez sea el momento de replantearse tal actitud.

A continuación compartimos algunas reflexiones sobre este interesante tema. ¿Te identificas? ¿Te llama la atención? Sigue leyendo, entonces.

¿La autoexigencia nos lleva a la excelencia?

Parece que la tendencia a que uno mismo se exija demasiado es una costumbre frecuente. Buscamos superar los propios límites y nos cuesta sentirnos satisfechos con el resultado. Pero ¿esto nos beneficia o nos bloquea?

¿Nos hemos parado a conocernos un poco más? ¿Sabemos lo que en realidad queremos o al menos para qué perseguimos la perfección? Porque, lo creamos o no, esta es una expectativa imposible que nos puede frustrar y cegar hasta el punto de negar los errores que cometemos.

¿La autoexigencia te está matando? ¿Te gustaría comprobar si te identificas con este caso?

En las siguientes líneas comentamos algunas barreras que encuentran aquellos que se piden tanto a sí mismos. Una intención que de primeras se percibe como positiva, pero que luego actúa en contra de quien lo practica.

Autoexigencia

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La insatisfacción constante que acompaña a la autoexigencia

Cuanto más te exijas, menos conforme estarás con las actividades que realices. Intentarás todo el tiempo ir más allá, lograr la excelencia en todo lo que haces. El problema es que, bajo tal actitud, la posibilidad de disfrute queda constreñida.

Así, se pierde de vista el placer que la tarea que ejecutamos nos aporta por sí misma, por el mero hecho de desarrollarla. Es cierto que correremos riesgos, caeremos en faltas, olvidos y equivocaciones y hasta tendremos que repetir la faena alguna que otra vez.

Sin embargo, si abordamos estos miedos y nos permitimos tropezar o, incluso, dejar el trabajo a medias en alguna ocasión, nos será más fácil dejar de enfocarnos solo en el resultado. De esta manera, podremos dirigir la atención hacia otros aspectos y, sobre todo, divertirnos.

¿Sabías esto?: Hay que ser felices, no perfectos

Los plazos y horarios interminables

mujer autoexigente

Aunque haya quienes piensen que es más productivo aquel que se esfuerza al máximo por el detalle, esta norma no siempre se cumple. A menudo lo que ocurre es que la persona autoexigente termina funcionando de una forma lenta, ya que no deja de encontrar algo que falte para lograr el prototipo ansiado.

Es decir, lejos de estar satisfechos con el rendimiento que obtienen, estos individuos ven defectos y fallas en cualquier labor en la que se embarcan. Así, esta situación les lleva a jornadas interminables, los horarios se les escapan…

Para estas personas parece que nunca es suficiente, lo que asimismo les genera una intensa decepción con ellas mismas y un continuo sentimiento de frustración.

Las metas inalcanzables

Quienes se exigen tanto intentan fijarse metas que a veces resultan difíciles de alcanzar, dados los recursos y las circunstancias en que las mismas acontecen.

Además de las citadas complicaciones con los plazos para dar una actividad por finalizada, los objetivos suelen mostrar una escasa conexión con la realidad.

Los autoexigentes anhelan un acabado que les impide terminar a tiempo. Siempre necesitarán un poco más y eso les retrasará. Esta condición se suma a la ausencia de reflexión en torno a los medios de los que disponen para hacer efectivos los propósitos que se plantean.

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La flexibilidad como punto de equilibrio

Como vemos, tanto la insatisfacción como el incumplimiento de los plazos de entrega y la frustración ante los sueños perdidos son elementos presentes cuando el afán por la perfección nos invade.

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A su vez, cabe tener en cuenta que durante un proyecto los cambios son posibles. Esto es, cualquier iniciativa puede dar un giro de 180 grados. Lo que antes se consideraba como correcto o criterio de calidad es susceptible de ser revisado en una fase posterior.

Por tanto, quizás la clave resida en la flexibilidad para entender el sentido de lo que se hace. Es cierto que tenemos objetivos y que deseamos darles salida de la mejor manera.

Ahora bien, si no queremos vernos atados a jornadas eternas o al desánimo constante, tal vez sea más práctico adoptar otra perspectiva.

¿Qué tal si tratamos de identificar la finalidad de esos planes en los que nos metemos? ¿Es imprescindible que el resultado responda a un ideal? ¿Qué tal si, además, nos atrevemos a disfrutar con lo que hacemos?

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