Jenofonte, militar griego, "Ante el peligro, se vehemente, no tímido"

La vacilación puede ser nuestra peor enemiga. Sabemos lo que deberíamos hacer —responder ese mensaje difícil, tomar una decisión que venimos aplazando, decir algo que llevamos tiempo pensando— pero hay una resistencia que lo impide. Quizás lo notes porque el cuerpo se tensa, la mente busca excusas y, sin darte cuenta, el tiempo pasa sin que nada cambie.
Jenofonte, militar y escritor griego del siglo IV a. C., abordó este fenómeno desde la experiencia directa del riesgo. En una versión moderna de su obra Ciropedia, se recoge la idea: “Ante el peligro, sé vehemente, no tímido”. Lejos de promover la imprudencia, propone un cambio de postura frente al miedo. No sugiere eliminarlo, sino evitar que se convierta en inmovilidad.
El peligro no siempre es físico: hoy suele ser psicológico
Cuando Jenofonte escribía, el peligro era literal: el campo de batalla, la posibilidad de derrota o muerte. Hoy, en la mayoría de los casos, adopta formas menos visibles. Puede ser hablar en público, asumir una responsabilidad nueva, poner límites o iniciar algo sin garantías.
En estos contextos, el miedo rara vez protege de un daño inmediato. Más bien, tiende a amplificar escenarios negativos posibles. La mente proyecta consecuencias, imagina errores y busca retrasar la acción. Este mecanismo tiene una función adaptativa, pero también puede volverse desproporcionado cuando bloquea decisiones necesarias.
La timidez, en este sentido, no es solo un rasgo de personalidad. Es una respuesta de retirada. Se manifiesta como postergación, exceso de análisis o evitación. Jenofonte observó que, ante el peligro, esta postura aumenta la vulnerabilidad. La indecisión prolonga la exposición al riesgo y reduce el margen de maniobra. En cambio, una acción decidida introduce dirección.
Ser vehemente significa tomar iniciativa, no perder el control
La palabra “vehemente” puede malinterpretarse como sinónimo de impulsividad, pero su sentido original apunta a intensidad y determinación. Implica actuar con resolución una vez que la situación lo requiere. No se trata de reaccionar sin pensar, sino de no ceder a la parálisis.
En la vida cotidiana, esto se traduce en un principio simple: cuando algo te intimida, el objetivo no es resolverlo todo de inmediato, sino encontrar el siguiente movimiento útil. Puede ser hacer una llamada, redactar un primer borrador o tomar una decisión preliminar. Ese gesto inicial rompe el ciclo de anticipación pasiva.
Este enfoque tiene un efecto psicológico. La acción reduce la incertidumbre. Aunque el resultado no sea perfecto, introduce información real en lugar de suposiciones. Además, refuerza una percepción interna de capacidad. La confianza no suele aparecer antes de actuar, sino después de hacerlo.
Jenofonte entendía que la iniciativa cambia la relación con el peligro. No elimina la dificultad, pero modifica la posición desde la que se enfrenta. La persona deja de ser un espectador de sus temores y se convierte en participante activo de la situación.
El límite necesario: el coraje no excluye la prudencia
Interpretar esta idea como una invitación a actuar sin evaluación sería un error. La vehemencia no sustituye al juicio. Hay situaciones que requieren observación, preparación o espera estratégica. La clave está en distinguir entre prudencia y evasión.
La prudencia implica analizar la realidad para actuar mejor. La evasión, en cambio, prolonga la inacción sin aportar claridad. Desde fuera, ambas pueden parecer similares, pero su efecto es distinto. La primera acerca a la acción; la segunda la retrasa indefinidamente.
Jenofonte no defendía la temeridad. Como estratega, comprendía el valor del cálculo. Su planteamiento apunta a algo más preciso: cuando el peligro es inevitable, la pasividad no lo reduce. La acción consciente, en cambio, permite influir en el desarrollo de los acontecimientos.
En entornos actuales, este principio sigue vigente. Muchas decisiones no requieren ausencia de miedo, sino disposición a avanzar pese a él. La evaluación es parte del proceso, pero no su reemplazo.
El valor de esta enseñanza reside en su aplicabilidad directa. El miedo forma parte de la experiencia humana, pero no tiene por qué definir la respuesta. Con frecuencia, el coraje no consiste en sentirse seguro, sino en elegir el siguiente paso con intención. La vehemencia, entendida como iniciativa consciente, transforma el peligro de una amenaza paralizante en una situación que puede enfrentarse.
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