He aprendido a estar sola sin sentirme sola

Aprender a estar sola te abrirá un mundo de posibilidades, ya que te permitirá tener el control de tu vida sin necesidad de estar siempre rodeada de gente para no sentirte vacía.
He aprendido a estar sola sin sentirme sola
Bernardo Peña

Revisado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña el 25 marzo, 2021.

Escrito por Raquel Lemos Rodríguez, 16 enero, 2018

Última actualización: 25 marzo, 2021

Después de mucho tiempo en el que sentía una ansiedad tremenda cada vez que estaba sola, aprendí a estar sola sin sentir esa presión que antes me agobiaba tanto. Esto me ha ayudado no solo a disfrutar de mi propia compañía, sino también a eliminar determinadas creencias que estaban condicionando mi comportamiento.

Porque, en más de una ocasión, me sentía igualmente sola aún cuando estuviera rodeada de personas y, debo confesar, que me ha ocurrido lo mismo estando en una relación amorosa.

Elegir la soledad no es marginarse, sino conocerse y atenderse

Al estar sola se abren muchas posibilidades.
La soledad, a pesar de ser mal vista, puede aportar muchos beneficios.

Muchas veces, confundimos estar solos con marginarnos y aislarnos de los demás. De hecho, puede que nos sintamos así porque las personas de nuestro alrededor nos lo indiquen a cada momento.

A mí me pasó, sobre todo cuando me reconcilié con mi soledad. En el momento en el que estuve bien sola y aprendí a disfrutar de mí, alrededor empecé a escuchar frases del estilo “eres antisocial”.

No obstante, saber estar sola no está reñido con ser social. Me considero una persona a la que le encanta hacer nuevos amigos, conocer personas diferentes e interactuar con los demás. Sin embargo, sé disfrutar de mis momentos a solas y no me obligo a ver a mis amigos si no me apetece únicamente porque hace tiempo que no los veo.

En ocasiones, antes de estar bien conmigo misma, sentía una presión tremenda cuando había un evento y no me apetecía ir. En mi mente se producía un conflicto: lo que en verdad quería y lo que “debía” hacer.

Lo más revelador fue darme cuenta de que estar con personas no me hacía sentir llena. Continuaba sintiéndome vacía. Ahora comprendo que era porque no me había dado la oportunidad de estar conmigo misma.

Parar y ver más allá ayuda a encontrar el propio ritmo

No siempre somos conscientes, pero la sociedad nos presiona constantemente. No solo las personas de nuestro entorno lo hacen, sino las creencias, la publicidad, las películas y muchas otras formas de contenido… Lo socialmente aceptable se encuentra en todos lados y por ello es difícil ver más allá. 

Tener un buen trabajo, un buen círculo social, pareja e hijos parece que continúa siendo un modelo de camino de vida muy bien visto, sin embargo, no a todo el mundo le funciona. Y eso está bien.

A menudo, pensamos (así me pasó a mi también) que además de seguir un modelo socialmente aceptado y bien visto, las relaciones (en general) tienen que ser duraderas y que hay que aferrarse a ellas porque el hecho de que se acaben implica el “final” de nuestra vida social.

A pesar de mucho, aún nos cuesta interiorizar la frase de que “los finales pueden ser nuevos comienzos”. Esto es en parte porque nos han enseñado a practicar el apego, incluso aunque aquello a lo que nos apegamos no nos llene o hasta nos haga daño.

Debemos preguntarnos si en realidad vale la pena apegarnos a aquello que no nos hace sentir bien y tomar acciones para encaminarnos hacia donde sí sintamos que todo nos “cuadra”.

Caminar al ritmo propio: una labor diaria y preciosa

Al estar sola puede aparecer la felicidad.
Nunca es tarde para aprender a quererse a sí misma.

Cuando empiezas a caminar a tu ritmo, hacia donde te hace bien, cuando empiezas a cuestionar las creencias, a dejar de hacer aquello a lo que antes te sentías obligado, pareciera que todo se hace “cuesta arriba”. Te sientes (y eres) diferente y si bien tendrás momentos en los que sentirás miedo y dudas, también tendrás momentos de gran bienestar.

Cuando el hecho de caminar a tu ritmo te haga sentir inquietud, piensa en todo aquello que se había interpuesto entre lo que estaba establecido (y no brindaba bienestar) y ahora sí.

¿Servía estar de fiesta en fiesta cuando en realidad no te apetecía? ¿Te sentaba bien forzarte a hacer cosas que ni siquiera te llamaban la atención solo para poder estar rodeada de personas?

¿Conectabas realmente con lo que hacías y con las personas con las que compartías? ¿Dejaste de lado tus preferencias, creencias y parte de tu esencia por encajar en un grupo?

¿Qué tal te sientes desde que dejaste de hacerlo? ¿Has visto que ordenándote a ti mismo consigues hallar mayor equilibrio en el resto de los ámbitos de tu vida?

Antes de irte no te pierdas: Cuida de ti mismo para cambiar tu vida

Cuando entendí mi miedo a estar sola, también fui consciente de que tenía una muy baja autoestima. Buscar la aprobación externa, hacerme responsable de cómo se sienten los demás, preocuparme por si me rechazan… era agotador y no me beneficiaba en absoluto.

La buena noticia es que todo eso quedó atrás en cuanto empecé a conocerme mejor, a priorizarme, a estar sola y a darme cuenta de que no necesitaba desvivirme por otros sino cuidarme a mí misma para estar bien con o sin otros alrededor. También aprendí que cuidándome y atendiéndome conseguía establecer relaciones más sanas que cuando me desvivía por encajar y complacer.

Entendí que “necesitar” y “elegir” no son lo mismo

Ahora, sé que necesito cuidarme. Sé también que puedo elegir tener pareja o elegir quedar con mis amigos. Puedo elegir acudir a determinado evento, pero no necesitarlo para no sentirme sola.

¿Alguna vez te has visto en esta tesitura? ¿Evitas estar solo? Quizás deberías tomarte un tiempo para ti para poner las cosas en perspectiva. 

Si has conseguido estar bien contigo mismo, sabrás cuánto te ayuda esto a tener relaciones mucho más sanas y a actuar conforme a lo que sientes, no a lo que crees que debes.

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