Michel de Montaigne: “Nadie está libre de decir estupideces; lo grave es decirlas con seguridad”

Michel de Montaigne, filósofo francés del siglo XVI, dejó una frase que parece escrita para nuestro tiempo, “Nadie está libre de decir estupideces; lo grave es decirlas con seguridad”. En pocas palabras, nos recuerda que equivocarse es parte de ser humano, pero insistir en el error con soberbia es lo que realmente nos aleja de la sabiduría.
Vivimos rodeados de opiniones firmes, debates encendidos y certezas que rara vez se cuestionan. En redes sociales, en conversaciones cotidianas o incluso en el trabajo, la seguridad con la que se habla pesa más que el contenido.
Una frase que invita a la humildad
Montaigne no nos pide callar ni temer equivocarnos. Su mensaje apunta a algo más profundo; reconocer que la verdad no siempre está de nuestro lado y que la duda es una forma de inteligencia. Cuando alguien habla con una seguridad tan cerrada que no deja espacio para la corrección, la conversación se convierte en una batalla de egos.
Hoy, esa actitud se ve amplificada por la velocidad con la que opinamos. Publicamos, respondemos y discutimos sin pausa, muchas veces sin revisar lo que decimos. La frase de Montaigne nos recuerda que la sabiduría no consiste en tener razón, consiste en saber escuchar y rectificar. A continuación, te contamos cómo aplicar esta reflexión en la vida diaria.
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1. Hablar con firmeza, pero sin soberbia
Tener convicciones es positivo, pero no debemos confundirlas con verdades absolutas. Defender una idea con argumentos sólidos es distinto a hacerlo con orgullo ciego. La firmeza se apoya en razones; la soberbia, en la negación de toda duda.
Antes de afirmar algo con total seguridad, conviene preguntarse: ¿podría estar equivocado? Esa simple pausa puede evitar que una opinión se convierta en una “estupidez dicha con énfasis”.
2. Escuchar más y responder menos
La prisa por opinar es uno de los grandes males de nuestra época. En redes sociales, por ejemplo, la necesidad de responder rápido nos lleva a sostener ideas sin reflexión. Escuchar —de verdad— implica abrir espacio para otras perspectivas y aceptar que no todo lo que pensamos es definitivo.
Montaigne nos invita a practicar una forma de diálogo más consciente: hablar cuando tengamos algo que aportar, no solo cuando queramos tener la última palabra.
3. Aprender a rectificar sin vergüenza
Equivocarse no nos deja en mal lugar; lo que nos deja peor es insistir en el error por orgullo. Admitir que algo que dijimos no era correcto es un signo de madurez, no de debilidad.
La humildad intelectual consiste en reconocer que el conocimiento es cambiante y que cada error puede ser una oportunidad para crecer. Rectificar no borra lo que dijimos, pero sí demuestra que estamos dispuestos a aprender.
Todos podemos decir algo equivocado, pero lo verdaderamente grave es sostenerlo con una seguridad que no admite revisión.
En definitiva, la sabiduría no está en evitar los errores, está en no convertirlos en banderas. Hablar con humildad, escuchar con atención y aceptar la corrección son acciones simples que nos acercan más a la verdad que cualquier discurso pronunciado con exceso de certeza.
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