¿Cómo se convierten los pensamientos en enfermedades?

22 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por Raquel Aldana
Además de las secuelas psicológicas, las manifestaciones físicas son también frecuentes en casos de ansiedad o depresión. ¿Pueden, por tanto, convertirse los pensamientos negativos en enfermedades?

Las actitudes pesimistas llegan a relacionarse con una peor salud mental, pero también física. Ante esto, una de las preguntas que cabe plantearse es la de cómo se convierten los pensamientos negativos en enfermedades.

En los últimos años hemos visto como la puerta entre cuerpo y mente se abría de par en par, afirmando que están conectados de una manera mucho más estrecha de la que podíamos suponer.

Veamos, entonces, cuáles son los mecanismos que explican dicha interacción. Te lo contamos.

La pregunta: ¿cómo se convierten los pensamientos en enfermedades?

Mujer triste y enferma

Las investigaciones de los últimos años nos dicen que un mayor bienestar emocional se asocia con un mejor estado físico. Así, revisiones como la realizada por el profesor Andrew Steptoe y su equipo aportan evidencias en esta línea.

Además, como los mismos autores señalan, esto es así tanto en lo que se refiere a datos objetivos como en cuanto a la percepción subjetiva que tenemos de los mismos.

Parece que el orden y la esperanza que habitan en nuestras ideas tienen la capacidad, mediante el funcionamiento del sistema nervioso, de relacionarse con la salud física.

Dicho al contrario, se observa que somos más vulnerables ante la enfermedad cuando los pensamientos negativos nos invaden. Es más, en casos como la ansiedad o la depresión, las manifestaciones a nivel orgánico no se hacen esperar, lo que da ya algunas pistas sobre esta interacción mente-cuerpo.

Veámoslo con más detenimiento.

Cómo se convierten los pensamientos en enfermedades: la respuesta de estrés

Si nos fijamos en esos momentos en los que nos sentimos ansiosos, notaremos que el corazón empieza a latir más fuerte y rápido de lo habitual. También nos tiemblan las manos y empezamos a sudar.

Todos estos síntomas aparecen porque, según el modo en que funcione el cerebro, tienen lugar determinadas respuestas fisiológicas, que se expresan, por ejemplo, a través del pulso, la respiración o la dilatación de las pupilas.

Es decir, con el estrés alteramos las constantes corporales de una forma similar a la que ocurre cuando hacemos ejercicio. Sin embargo, hay una gran diferencia en estas circunstancias, ya que el motivo de las mismas no es la actividad física, lo que impide canalizar toda esa energía con un propósito razonable.

Tal vez sea más sencillo si lo ilustramos con una metáfora. Por ello, imaginemos que una multitud de automóviles se pone a circular por una autopista. De repente, esa carretera se termina y el tráfico ha de ser absorbido por una vía secundaria. El resultado es un colapso seguro. Lo mismo pasa con el cuerpo.

Tenemos a un corazón enviando coches y coches y al resto del organismo sin capacidad para recibirlos. Si esta situación se mantiene durante poco tiempo o no es muy intensa, se queda en una anécdota. Pero si la reacción es persistente o continuada, los daños llegan a ser importantes.

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Nuestros actos también explican cómo se convierten los pensamientos en enfermedades

Chica triste y pensativa.

Hasta ahora hemos hablado de cómo la mente puede actuar de una manera directa sobre las respuestas físicas. Sin embargo, los pensamientos también acompañan a los diferentes comportamientos que desplegamos. Vamos a verlo con un pequeño ejemplo.

Aunque no se trate de un período prolongado, hay algunas etapas vitales que no se caracterizan por ser especialmente alegres o estimulantes. En estas épocas es frecuente el abandono del propio cuidado personal, siendo la dieta uno de los primeros hábitos que alteramos.

Sacrificamos esos alimentos que nos gustan menos y que suelen ser más sanos por otros que nos proporcionen más placer.

Chica comiendo una hamburguesa

¿Por qué lo hacemos? Es una cuestión de equilibrio. Intentamos obtener mediante el gusto la satisfacción que parecemos haber perdido en otros ámbitos. Por desgracia, la imagen cinematográfica de la chica sentada en el sofá dándose un atracón de helado después de una ruptura amorosa es real.

Además, la falta de motivación es igualmente común en los estados de tristeza. Así, acciones que antes nos resultaban usuales, ahora parecen costarnos más. Intentamos simplificar la rutina cotidiana, como ir al supermercado al salir del trabajo, y lo cambiamos por pedir una pizza, que nos supone menos esfuerzo.

No obstante, estos patrones de conducta, que en ocasiones siguen al malestar emocional que se siente, devienen asimismo en perjuicios para la salud.

Como apunta una reciente publicación del científico Rai Ajit K. Srivastava (Universidad Estatal Wayne, Estados Unidos), la diabetes, la enfermedad cardiovascular o la obesidad serían algunas de tales consecuencias.

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La otra cara de la moneda

Según lo expuesto, apreciamos que hay aspectos que merecen especial atención para entender el curso de diferentes afecciones físicas.

Así, hemos comentado el papel que juegan tanto la reacción del organismo ante el malestar como las conductas perjudiciales con las se intenta manejar dicha situación. Ambos factores pueden ser el inicio del desarrollo de distintas alteraciones y patologías.

No obstante, a pesar de que los pensamientos negativos lleguen a convertirse en enfermedades desde diversos caminos, también es cierto que las actitudes positivas se relacionan con un mayor bienestar y menores niveles de estrés.

Echemos mano del optimismo, el apoyo social o un estilo de vida activo si lo que queremos es un estado mental óptimo y, con ello, una mejor salud.

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  • Srivastava, R. A. K. (2018). Life-style-induced metabolic derangement and epigenetic changes promote diabetes and oxidative stress leading to NASH and atherosclerosis severity. Journal of Diabetes & Metabolic Disorders, 17(2), 381–391. https://doi.org/10.1007/s40200-018-0378-y
  • Steptoe, A., Deaton, A., & Stone, A. A. (2015). Subjective wellbeing, health, and ageing. The Lancet, 385(9968), 640–648. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(13)61489-0