Pensar que no eres mejor que nadie ya te hace mejor que muchos

Valeria Sabater·
24 Julio, 2020
Lejos de las continuas rivalidades, competir con uno mismo es una alternativa más que saludable. Te contamos por qué.

Un propósito que suelen perseguir los libros y técnicas de autoayuda es el de enseñarnos a crecer como personas. Para ello el pensar que no eres mejor que nadie parece una máxima prioritaria.

Es decir, partiendo del autoconocimiento y el refuerzo de la autoestima, lo que se pretende es que la referencia sea solo uno mismo. Así, no es necesario establecer un punto de comparación externo, ya que los logros que cada uno alcanza tienen valor en función de sus peculiares circunstancias.

Sin embargo, también se da el caso de quienes demuestran que quieren quedar por encima de los demás. Por su actitud, comportamiento y modo de relacionarse lo que provocan es una incómoda sensación a su alrededor, además de la continua exigencia que a sí mismos se imponen…

Te invitamos a reflexionar sobre ello.

¿Para qué pensar que no eres mejor que nadie?

Existe una curiosa tendencia que se ha etiquetado como ‘materialismo espiritual’. Se trataría de ese interés actual por atenderse a nivel individual, pero desde una postura egocéntrica.

Esto es, en esa búsqueda por conectar con las propias inquietudes, se puede caer en el error de aspirar a ser mejor que nadie, de desear superar de forma constante a los otros.

No obstante, para entender lo que supone el crecimiento personal resulta preciso enfocar de modo adecuado este planteamiento.

De manera que podemos reforzar la propia autoestima con nuevas estrategias, enriquecer las relaciones que vivimos o alcanzar mayores logros, pero no a costa de proponerse dejar por debajo a todos los que nos rodean.

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El bajo autoconcepto

Quien practica la soberbia necesita competir y mostrar superioridad. Ahora bien, a menudo esa postura de prepotencia se relaciona en realidad con una bajo autoconcepto.

Este placer de aparentar un nivel más alto concierne a cualquier aspecto. Consiste en simular unas grandes habilidades o, incluso, humillar al resto. Dicha actitud les sirve a estas personas para compensar esa pobre idea que en el fondo tienen de sí mismas.

  • Es probable que en el círculo social en el que nos movemos haya alguien que utilice la ironía o la burla para ridiculizar a los demás y, así, evidenciar sus ‘elevadas’ capacidades.
  • En otras ocasiones nos encontramos con aquellos que optan por ‘ir de víctimas’. Son los que más sufren, los que de verdad saben lo que es el rechazo, el sentirse apartados o poco valorados.

Ambas situaciones son ejemplos del mismo problema: el intento de reparar la propia imagen a base de menospreciar o desacreditar a los otros. Sin embargo, esta tendencia a medirse con el que tienes al lado pasa por alto cuestiones como las siguientes:

  • Las comparaciones se hacen desde una única perspectiva, lo que excluye otro tipo de evaluaciones o puntos de vista.
  • Los talentos de cada cual son individuales e incomparables.
  • Esa preocupación por fijar criterios externos hace que uno pierda el foco en sí mismo.
  • Es más, tales referencias no aportan más valor a la persona, sino que le roban la oportunidad de estimarse por sus propios medios.
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La humildad de no desear ser mejor que nadie

Cuando ese afán de competición por alzarse como un ser superior produce sufrimiento o humillación en los demás, tal vez sea el momento de pararse sobre algunas consideraciones importantes:

  • El mayor placer reside en superarse a uno mismo, pero tomando como referencia los propios avances y no las debilidades ajenas.
  • Quizás ayer nos sentíamos inseguros y dudábamos acerca de alcanzar ese puesto de trabajo o sobre el modo de relacionarnos con alguien que nos atrae. Pero si hoy ya lo hemos logrado, hemos conseguido, por tanto, ‘mejorar’.
  • Es ahí donde está el verdadero valor de cada uno: crecer, pero siendo nosotros el reflejo y no los otros.
  • Quien vive obsesionado con aparentar y desafiar al resto se olvida de sí mismo.
  • En cambio, al pensar que no eres mejor que nadie, abres las puertas a la modestia.
  • De hecho, la humildad puede suponer la más bella de las fortalezas. Nos permite en primer lugar conocernos para después aceptarnos con sencillez.
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El éxito de pensar que no eres mejor que nadie

Admitir lo que uno es, con sus cualidades y limitaciones, nos coloca en una posición adecuada para seguir creciendo como personas y ser mejores cada día.

Se trata de aspirar a esa satisfacción de los pequeños detalles que tanto nos enriquece. Además, la propia superación revierte en quien nos rodea.

El triunfo más noble será, por tanto, aceptarnos tal y como somos. Si, a su vez, respetamos a quienes nos rodean, aunque no compartamos sus valores, habremos dado otro paso al frente.

Las recompensas siempre llegan al final, con la oportuna paz interior o, por el contrario, con la sensación de que ese afán competitivo nos ha llevado a una indeseada soledad.