"Arriesgarse es perder el equilibrio momentáneamente. No arriesgarse es perderse uno mismo", Søren Kierkegaard, filósofo danés

Aunque Søren Kierkegaard escribió esta idea en el siglo XIX, aún describe una situación bastante común: hay personas que evitan tomar decisiones importantes durante años porque la incertidumbre de actuar les parece más costosa que el malestar silencioso de no moverse. Esa aparente seguridad tiene un precio.
La frase no propone idealizar el riesgo o asumirlo sin pensar antes. En cambio, se refiere a que toda decisión que importa mueve el equilibrio, y que vivir evitando ese movimiento puede costar más que el desequilibrio momentáneo que produce elegir.
Por qué no decidir también es una decisión
Cuando alguien pospone indefinidamente un cambio de trabajo, terminar una relación que ya no funciona, mudarse o emprender algo propio, no está preservando el equilibrio. Por el contrario, está eligiendo quedarse donde está, con todas las consecuencias de esa elección. A veces eso es una forma de vivir por inercia en lugar de por elección.
El miedo y la duda que aparecen ante una decisión importante son parte natural del proceso, no señales de que la decisión es equivocada. Kierkegaard lo describía como una experiencia de angustia ante la libertad de elegir: la sensación de exposición que aparece cuando uno se da cuenta de que puede elegir y que esa elección tiene consecuencias reales.
Lee también: “No todo lo que se enfrenta puede cambiarse, pero nada puede cambiarse hasta que se enfrenta”
Consejos para arriesgarse con más criterio
Tomar riesgos personales no significa actuar impulsivamente. Hay formas de hacerlo con más conciencia:
- Evaluar las consecuencias reales: antes de decidir, distinguir entre las consecuencias concretas y el miedo imaginado. Muchas veces el escenario temido está sobredimensionado.
- Aceptar que la certeza no llegará: esperar a tener seguridad total antes de actuar suele ser una forma de no actuar nunca. La certeza no precede a la decisión; a veces llega después, cuando ya se está en el camino.
- No confundir inmovilidad con seguridad: evitar sistemáticamente el riesgo no protege de nada. Lo que se evita no desaparece, simplemente cambia de forma.
- Asumir la responsabilidad de elegir: incluso cuando la decisión resulte incómoda o salga de forma diferente a lo esperado, haberla tomado de forma consciente es distinto a haber llegado a ese punto por omisión.
- Empezar con riesgos proporcionados: no todo tiene que ser un cambio radical. Tomar decisiones más pequeñas que impliquen cierta exposición ayuda a desarrollar tolerancia a la incertidumbre antes de llegar a las decisiones más complejas.
- Priorizar la coherencia personal: Kierkegaard consideraba que vivir de acuerdo con lo que uno realmente es, aunque eso incomode o genere fricción con el entorno, es más valioso que mantener una imagen de estabilidad que no responde a la realidad interna.
El equilibrio que se pierde y el que se encuentra
El desequilibrio momentáneo del que habla la frase es la inestabilidad que acompaña a cualquier cambio real. Cambiar de trabajo genera un periodo de adaptación. Terminar una relación produce un tiempo de reajuste. Mudarse implica construir de nuevo algo que antes estaba establecido. Ese periodo tiene un coste, pero también una dirección.
Lo que Kierkegaard señala es que el coste de no moverse también existe, aunque sea más difícil de ver. Una vida vivida principalmente por miedo al desequilibrio puede volverse cada vez más estrecha, más alejada de lo que uno es de verdad.
Arriesgarse no es un heroísmo vacío. Es simplemente la condición de cualquier decisión que merezca tomarse. Por ello, conviene asumir que dar el paso produce inestabilidad, y que esa inestabilidad no es el final del camino, sino parte de él.
Este texto se ofrece únicamente con propósitos informativos y no reemplaza la consulta con un profesional. Ante dudas, consulta a tu especialista.







