Boris Cyrulnik: "La resiliencia es el arte de metamorfosear el dolor para dotarle de sentido"

Hay experiencias que no se superan en el sentido habitual de la palabra. No desaparecen, no se olvidan, no quedan atrás como si no hubieran ocurrido. Lo que sí puede cambiar es la relación que se establece con ellas. Lo que se hace con ese peso, adónde lleva y qué construye.
Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés que trabajó durante décadas con personas que vivieron traumas severos, usa la palabra “metamorfosis” a propósito.
No habla de resistir ni de adaptarse. Se refiere a transformar. Y en esa diferencia está buena parte de su aportación al concepto de resiliencia.
Resiliencia no es solo aguantar
La imagen más extendida de la resiliencia se presenta como capacidad de resistencia: quien aguanta más es más resiliente. Cyrulnik lo matiza de forma importante.
Adaptarse puede significar sobrevivir a costa de uno mismo —callando, endureciéndose, cortando vínculos—, y eso no es resiliencia.
Para él, la resiliencia implica iniciar un nuevo desarrollo después del trauma. No volver al punto anterior, sino construir desde el daño algo que antes no existía.
Esa distinción cambia la forma de entender el proceso. No se trata de no sufrir, sino de qué se hace con el sufrimiento una vez que ha ocurrido.
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El papel del entorno: la resiliencia no es solo individual
Uno de los puntos más relevantes del pensamiento de Cyrulnik es que la resiliencia no depende únicamente de los recursos internos de cada persona. Depende, en gran medida, de lo que el entorno ofrece o niega.
Un vínculo de apego seguro —una persona que acompaña sin juzgar, que sostiene sin pedir que el otro sea de otra manera— puede marcar la diferencia en que alguien pueda elaborar un trauma o quede atrapado en él.
Las culturas y los sistemas que humillan, que revictimizan o que ignoran el daño dificultan el proceso. Los que crean espacios seguros y oportunidades reales lo facilitan. Cyrulnik señala que sin ese “tutor de resiliencia” —como él llama a las figuras de sostén—, el camino es mucho más difícil.
Narrar, reubicar y encontrar un proyecto
La metamorfosis de la que habla Cyrulnik tiene un componente narrativo importante. Contar lo ocurrido —en el momento adecuado, con quien puede escucharlo— ayuda a reubicar el recuerdo.
No para minimizarlo, sino para que deje de ser algo que interrumpe continuamente el presente y pase a ser una parte de la propia historia que puede contarse.
A eso se añade la orientación hacia adelante: un proyecto, una razón para moverse, algo que hacer con lo vivido. En educación, en crianza, en salud mental y en organizaciones, este principio se traduce en crear condiciones para que personas que han vivido adversidad tengan oportunidades reales de desarrollarse. No con lástima, sino con estructuras que permitan avanzar.
Cyrulnik ha documentado cómo el trauma puede canalizarse en formas de contribución que el propio dolor hizo posibles. Eso no significa que el trauma fue “bueno”: significa que algo valioso puede construirse a partir de él.
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Un punto de partida práctico
La resiliencia no es una cualidad que se tiene o no se tiene. Es un proceso dinámico que se activa entre lo que cada persona lleva dentro y lo que el entorno pone a su disposición.
Por eso, una pregunta útil ante una experiencia difícil no es “¿seré capaz de superarlo?” sino “¿qué apoyo concreto tengo o puedo buscar?”
Puede ser una persona con quien hablar sin tener que explicarse demasiado. Una actividad que mantiene la sensación de continuidad. Una rutina que ancla el día cuando todo lo demás parece inestable. O simplemente nombrar lo que pasó, aunque sea para uno mismo.
Cyrulnik no propone que dar sentido al dolor lo elimine. Propone que es la condición para no quedarse atrapado en él.
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