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Cicerón: "La autoridad de quienes enseñan perjudica a menudo a los que quieren aprender"

3 minutos
En educación y trabajo, imponer sin diálogo reduce la iniciativa; explicar, escuchar y permitir el error cambia cómo se aprende.
Escrito por Estefanía Filardi
Publicado: 28 abril, 2026 19:00

Cicerón escribió esto hace más de dos mil años, pero la frase describe con precisión algo que sigue ocurriendo: un niño que deja de hacer preguntas porque se las responden con impaciencia, un alumno que aprende a callar para no equivocarse en voz alta, un empleado que nunca propone nada porque ya sabe que la respuesta va a ser “aquí siempre lo hemos hecho así”. En todos esos casos, la autoridad de quien enseña no ha abierto el aprendizaje. Lo ha cerrado.

La advertencia de Cicerón va contra la autoridad que se ejerce de forma que impide pensar, preguntar y equivocarse, que son precisamente las condiciones en las que se aprende.

Cuándo la autoridad bloquea en lugar de sostener

La autoridad mal ejercida no siempre es visible como tal. Muchas veces no hay gritos ni castigos, sino una corrección que llega antes de que el otro termine de pensar. Se trata de la norma que se impone sin explicación, el “porque lo digo yo” que cierra la conversación, el tono que comunica que la pregunta molesta o que el error es algo de lo que avergonzarse.

La investigación sobre estilos de crianza y educación muestra de forma consistente que los entornos muy autoritarios —donde la obediencia se exige sin diálogo— producen niños y adolescentes con menor iniciativa, más dependientes de la aprobación externa y con menos capacidad para gestionar la incertidumbre.

No porque los padres o docentes sean malas personas, sino porque ese modelo de autoridad no deja espacio para que el aprendiz desarrolle su propio criterio.

En el trabajo ocurre algo similar. Un liderazgo rígido que no tolera la discrepancia ni el error tiende a generar equipos que ejecutan bien pero que no innovan, que cumplen pero que no se comprometen más allá de lo mínimo. La iniciativa se apaga porque el coste de equivocarse es demasiado alto.

Cómo transformar esa autoridad en algo que sostenga el aprendizaje

Cicerón no propone eliminar la autoridad, sino ejercerla de otra manera. En la práctica, eso implica cambios en la forma en que se relaciona quien enseña con quien aprende:

  • Explicar el sentido de las normas: una regla que se entiende genera más adhesión genuina que una que solo se obedece por miedo. Decir “esto es así porque…” no debilita la autoridad; la hace más sostenible.
  • Escuchar antes de corregir: dar espacio para que el otro exprese su razonamiento antes de intervenir permite entender dónde está el error real, y también comunica que el proceso importa, no solo el resultado correcto.
  • Separar conducta de identidad: “eso que hiciste estuvo mal” y “eres un desastre” no tienen el mismo efecto sobre quien aprende. El primero corrige; el segundo cierra.
  • Modelar lo que se quiere enseñar: si se quiere que alguien piense con autonomía, reconocer en voz alta que uno también se equivoca o que no sabe algo es más poderoso que cualquier discurso sobre el valor del esfuerzo.
  • Asumir que quien enseña también está aprendiendo: la autoridad que se presenta como infalible genera distancia. La que reconoce sus propios límites genera confianza.

Ninguno de estos gestos elimina la asimetría natural entre quien sabe más y quien sabe menos. Esa asimetría es el punto de partida del aprendizaje. Lo que cambia es si esa diferencia se usa para abrir o para cerrar.

Cicerón escribía en un contexto muy distinto al nuestro, pero la dinámica que describe no ha cambiado: la autoridad que no deja lugar para la duda, el error y la pregunta acaba produciendo personas que aprenden a obedecer, no a pensar. Y eso, hace dos mil años o hoy, sigue siendo un problema.

Este texto se ofrece únicamente con propósitos informativos y no reemplaza la consulta con un profesional. Ante dudas, consulta a tu especialista.