Ozempic para perder peso: experta en nutrición nos explica al respecto

El uso de fármacos como Ozempic para la pérdida de peso es un fenómeno que domina las redes sociales y las consultas de nutrición. Muchas personas creen que este medicamento es una solución mágica o una alternativa definitiva a los métodos tradicionales.
Sin embargo, modificar la cifra de la balanza no siempre equivale a resolver el malestar que se siente ante el espejo. Paula Gisbert, nutricionista especializada en psiconutrición y fundadora de Lanodieta, invita a mirar más allá del resultado visible para entender qué ocurre en el interior durante este proceso.
La trampa de los resultados sin trabajar el contexto
Los fármacos como Ozempic están pensados inicialmente para tratar enfermedades específicas, como la diabetes tipo 2. Sin embargo, en las redes se presentan como un atajo eficaz para bajar de peso. La realidad muestra que la urgencia por cambiar el cuerpo suele nacer de la presión de la cultura de dieta, pero sin herramientas para gestionar el día después.
Paula Gisbert explica que muchas personas se enfocan en la pérdida de peso, pero ignoran su historia personal: “En consulta vemos con frecuencia que detrás hay una mala relación con la comida, falta de educación nutricional, hábitos poco sostenibles o una imagen corporal muy deteriorada”.
Por eso, cuando se utilizan estas medidas sin abordar el origen, los problemas que motivan esa solución siguen presentes al dejar el tratamiento. El peso puede bajar, pero la ansiedad o la insatisfacción permanecen intactas.
El riesgo de idealizar la falta de hambre
Un punto crítico que suele acompañar al uso Ozempic es la percepción del hambre como algo negativo. “Muchas conductas de la cultura de dieta implican una relación poco respetuosa con el cuerpo”, dice Gisbert. Como consecuencia, ha empezado a idealizarse no pensar en comida o ingerir cantidades mínimas.
La nutricionista advierte que el hambre es una señal fisiológica básica y no un enemigo a combatir. “El objetivo no es dejar de sentir hambre o pensar en comida, sino entender por qué ocurre, mejorar la estructura de las comidas, nutrir adecuadamente el cuerpo y construir una relación más sana con la alimentación y con las propias señales corporales”.
Suprimir el apetito de forma artificial da un control momentáneo, pero no enseña a alimentarse con respeto ni a entender qué necesita el organismo.
La imagen corporal frente a la realidad física
Es común creer que, al alcanzar un determinado peso, la autoestima subirá de forma automática. La realidad es que rara vez esto sucede de forma duradera. La paz que se siente al ver un cambio físico suele ser un alivio temporal gracias a la validación externa y no debido a una mejora real del autoconcepto.
Gisbert aclara que lo que se ve en el reflejo no es solo anatomía, sino una construcción mental. “Cuando la base sigue siendo la autoexigencia o la insatisfacción, es difícil que el cambio se sienta suficiente”, afirma la experta.
Si el proceso de cambio nace desde el rechazo hacia el propio cuerpo, es muy probable que termine reforzando creencias negativas, independientemente de la talla. La verdadera seguridad no nace de un fármaco, sino de un trabajo de aceptación.
Un punto de equilibrio necesario
La seguridad real se construye desde dentro y no depende únicamente de la estética. En definitiva, la salud integral no puede comprarse en una farmacia. Son los hábitos respetuosos y un vínculo sano con el cuerpo los que dan resultados a largo plazo.
Antes de tomar decisiones, la prioridad debería ser recuperar la soberanía sobre la propia alimentación. Como concluye Gisbert, “Poder poner el foco en el bienestar desde una perspectiva más amplia, que incluya la salud mental, el contexto y la relación con el cuerpo, suele ser más útil a largo plazo que centrarse únicamente en modificar la apariencia”.
Este texto se ofrece únicamente con propósitos informativos y no reemplaza la consulta con un profesional. Ante dudas, consulta a tu especialista.







