Robert Kiyosaki: "El fracaso forma parte del éxito. La gente que evita el fracaso también evita el éxito"

No intentar nada que pueda salir mal es una forma muy habitual de protegerse. Evitar cambiar de trabajo, no lanzar el proyecto, dejar de presentar la idea o no aprender una habilidad.
La lógica detrás de esos comportamientos es clara: si no se intenta, no se falla. Kiyosaki, autor de Padre rico, padre pobre, señala el problema de esa lógica con bastante precisión.
Quien evita el fracaso también elimina la posibilidad de obtener un resultado diferente. El error no es el enemigo del progreso. En muchos casos, es la única forma de descubrir qué no funciona antes de encontrar lo que sí.
Fracasar no conduce solo al éxito
La frase de Kiyosaki no dice que fracasar sea suficiente. Repetir el mismo error una y otra vez sin cambiar nada no lleva a ningún lado. Lo que transforma un fracaso en algo útil es lo que se hace después: analizar qué salió mal, asumir la parte de responsabilidad propia y modificar la estrategia.
Seguir adelante no significa insistir en exactamente lo mismo. Implica evaluar los resultados, identificar qué estaba bajo control propio y qué no, y buscar otra vía. El fracaso aporta información; usarla o ignorarla ya depende de cada persona.
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El coste de no intentarlo
Cuando alguien decide no iniciar algo por miedo a equivocarse, no está tomando una decisión neutral. Está eligiendo quedarse donde está.
Si una persona no presenta su candidatura, no obtiene el puesto, pero tampoco descubre qué le falta para conseguirlo. Si no lanza el proyecto, no pierde dinero, pero tampoco descubre si la idea tenía viabilidad.
La ausencia de fracaso en ese caso no es un logro; es simplemente la ausencia de movimiento. Y el inmovilismo tiene su propio coste, aunque sea menos visible que el del error.
Convertir esta reflexión en algo práctico requiere cambiar la forma de relacionarse con los errores. Algunas formas concretas de hacerlo:
- Convertir cada error en una pregunta: “¿Qué puedo aprender de esto?” en lugar de “¿Por qué me pasa esto a mí?”
- Separar el resultado de la identidad: un proyecto fallido no define a la persona. Fallar en algo no equivale a ser un fracaso.
- Revisar qué estaba bajo control: no todo depende de las propias decisiones, pero ignorar la parte que sí depende de ellas impide cualquier ajuste real.
- Hacer pruebas pequeñas antes de asumir riesgos grandes: probar en pequeño reduce el coste del error y permite aprender antes de comprometer demasiado.
- Cambiar la estrategia cuando los datos muestran que no funciona: insistir en lo mismo esperando resultados distintos no es perseverancia; es repetición sin criterio.
- Registrar los errores para no repetirlos: anotar qué salió mal y por qué cierra el ciclo y evita caer en el mismo punto más adelante.
La seguridad de no intentar tiene un límite
Evitar todos los errores puede dar una sensación de control, pero también mantiene a las personas en el mismo lugar durante mucho tiempo. La pregunta no es si se va a fallar alguna vez —porque la respuesta casi siempre es sí—, sino qué se hace con eso cuando ocurre.
Kiyosaki no romantiza el fracaso ni lo presenta como algo deseable. Lo que señala es que quien no está dispuesto a equivocarse tampoco está en posición de aprender ni de avanzar.
Esa disposición, más que el talento o las circunstancias, es lo que marca la diferencia entre quien intenta algo nuevo y quien sigue esperando el momento perfecto para empezar.
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